La capacitación “Manejo de episodios de desregulación en estudiantes universitarios”, organizada por el Equipo de Inclusión del Programa, abordó el paradigma de la neurodiversidad y la necesidad de transformar la manera en que la universidad acoge a los estudiantes neurodivergentes, quienes se enfrentan barreras que van desde la sobrecarga sensorial hasta la falta de estrategias de apoyo. Más que cambiar las normas, el desafío está en abrirse a la posibilidad de cambiar, en adaptar nuestros entornos y flexibilizar algunos procesos para una convivencia más equitativa.
Entender el mundo de manera cartesiana es, sin duda, la forma que tenemos por antonomasia de darle sentido a la realidad. Organizamos variables en líneas y planos, hacemos gráficos y mapas, analizamos estadísticas y sacamos promedios para anticiparnos a un sinfín de situaciones. Dicho de otro modo, usamos todas las herramientas científicas que tenemos a disposición, para bajar la incertidumbre de lo que significa vivir. Sin embargo, esta visión lineal y bidimensional a veces es insuficiente. Hay ocasiones en que pareciera más bien que el tiempo, en lugar de avanzar en una única dirección, se comporta más como una espiral que se pliega y se expande. Lo mismo sucede con nosotros: a veces sentimos que damos un paso adelante, solo para descubrir que hemos retrocedido diez.
Todo este preámbulo para llegar a una idea preliminar: en un mundo de problemas complejos adoptar perspectivas más flexibles, creativas o fuera del modelo dominante, puede ser la clave para encontrar nuevas formas de abordarlos. Por ejemplo, en lugar de encasillar a las personas en categorías rígidas —atribuyendo o descartando características, como si fueran excluyentes—, podríamos comprenderlas (y comprendernos) como combinaciones dinámicas de distintos rasgos, con distintas experiencias de vida, lo que podría incidir en la manera que tenemos de relacionarnos de una manera beneficiosa.
La actividad que se realizó el 18 de marzo para distintas unidades del Programa de Bachillerato hizo una invitación en ese sentido, pero con el foco puesto en los estudiantes neurodivergentes. La capacitación “Manejo de episodios de desregulación en estudiantes universitarios” estuvo a cargo de Andrés Tobar González, terapeuta ocupacional del área de Neurodivergencia de la Oficina de Equidad e inclusión de la Universidad de Chile, quien explicó de qué se trata el paradigma de la neurodiversidad, para luego exponer sobre las crisis sensoriales y emocionales desde la perspectiva de personas neurodivergentes y las estrategias concretas que existen para enfrentar estas situaciones.
“La representación tradicional de la neurodivergencia o del espectro autista se basa en el espectro de la luz. Desde un claro hasta un oscuro, desde un color hasta otro color”, explicó. “Le pasaba especialmente a los autistas, que son los neurodivergentes que más resisten la clasificación, que la manera lineal de entenderlos, aquella que se expresa en gráficos de normalidad y en categorías, no los representaba. De ahí que cuando se grafiquen dibujen a una persona en medio de un círculo. No ponen una o dos variables, hablan de diferentes dimensiones que completan a la persona. Y en esas dimensiones hay niveles: mientras más cerca del núcleo, más esencial es la característica neurodivergente. Todos somos más o menos creativos, más o menos auténticos, más o menos sociables, pero siempre la variable es más o menos de algo”, explicó.
Esta manera de comprender la neurodivergencia implica una ruptura paradigmática. ¿Por qué? Porque, según el especialista, la necesidad de clasificación es del neurotípico. “Lo hemos hecho así durante todo el desarrollo de la humanidad. El cambio paradigmático es dejar la idea de que ‘lo neuro’ nos diferencia entre ‘sanos’ y ‘enfermos’, y partir de la base que todos somos neurodiversos. Además, esto implica entender que hay quienes convergemos hacia las normas y otros que divergen de éstas”, explicó.
Alguien podría preguntarse, entonces, qué ocurre con las normas. ¿Deberían cambiarse para incluir a todos? No necesariamente, porque las normas se determinan según otros parámetros. Por ejemplo, las normas de tránsito están elaboradas para disminuir el peligro en los desplazamientos, para traslados eficaces, para que no perdamos la vida al cruzar una calle. “Lo que cambia es nuestra manera de relacionarnos con la diversidad, cómo convivimos con las diferencias asumiendo una responsabilidad social porque vivimos en comunidad”, enfatizó .
Neurodiversidad en los campus universitarios
En el contexto universitario, esta comprensión de las neurodivergencias cobra especial relevancia ya que el sistema educativo ha sido diseñado, históricamente, bajo parámetros neurotípicos. Esto tiene como consecuencia barreras visibles e invisibles para los estudiantes neurodivergentes, quienes enfrentan desafíos como la sobrecarga sensorial en espacios concurridos, rigidez en las metodologías de enseñanza y falta de estrategias de apoyo adecuadas.
“Más que modificar todas las normas educativas que tenemos en la Universidad, el reto está en abrirnos a entendernos de otra manera, en adaptar nuestros entornos y en flexibilizar algunas estructuras para que la diversidad cognitiva no solo sea reconocida, sino también integrada de manera equitativa”, sostiene Ana Moraga, integrante del Equipo de Inclusión del Programa de Bachillerato y que organizó la actividad.

¿En qué consiste el trabajo que realiza el Equipo de Inclusión de Bachillerato?
Cuando llegan los estudiantes de primer año tratamos de detectar las necesidades de quienes se declaran como neurodivergentes. Los llamamos por teléfono uno a uno para citarlos a una entrevista con el psicólogo, lo que nos permite saber cuáles sus necesidades. Después, conversamos con los profesores de las asignaturas y mediamos esta relación, ya que se trata de un cambio cultural y que, como todo cambio, es lento. Además, hacemos un monitoreo permanente a los estudiantes que vemos que van a requerir más apoyo. Con los estudiantes de segundo año, que van a cursas asignaturas a distintas facultades, lo que hacemos es reunimos con las unidades de inclusión de esas facultades para que no vuelvan a pasar por todo el proceso, para que no les vuelvan a pedir una y otra vez los certificados médicos, para que las inducciones sean a tiempo y no queden botados, entre otras medidas.
¿Qué desafíos nos quedan aún como institución?
Muchísimos. Es un tema relativamente nuevo y la resistencia al cambio es muy fuerte. Creo que todavía sigue siendo un desafío comprender que no es que algunos estudiantes sean “mañosos”. ¿Hay estudiantes mañosos? Sí que los hay, pero también existen aquellos que realmente necesitan apoyos, que necesitan que bajemos las barreras para el ejercicio efectivo de sus derechos. Esto es bien importante: tenemos que entender que nosotros, como institución, somos los que ponemos las barreras cuando les decimos “no, no y no” una y otra vez, o cuando les pedimos quinientas veces que traigan el certificado médico y el comprobante de pago del bono. Es un exceso. Del lado de los estudiantes, queda el desafío de que se atrevan a preguntar, a pedir ayuda, a acercarse a la institución, a nosotros, cuando lo necesiten.
En caso de dudas con respecto a este tema, puedes escribir a psico.bachi@uchile.cl
Por Paulina Cabanillas F.
Fotografías: Fernanda Téllez Gross
Unidad de Comunicaciones y Gestión Cultural
Programa Académico de Bachillerato